Dioses supremos

Nivaen

la diosa azul · madre de la luz fría

Antes de que el tiempo pudiera contarse, en el vacío habitaban dos energías sin origen conocido, y una de ellas era Nivaen: una chispa radiante y fría que absorbía la luz dorada de Galuin y brillaba de colores azules. Encarna el frío y la noche, y de ella se dice que es la madre de todos. Durante una larga eternidad danzó y chocó contra el oro de Galuin en la oscuridad, hasta que la atracción entre ambas fuerzas los unió; de aquel primer amor brotaron nuevos colores y una explosión que rasgó el velo del vacío y dio comienzo a la creación. De su unión nacieron Möir y Drael.

Su luz fría marcó el mundo entero. Inclinada hacia el naciente y los lejanos hielos, congeló los confines en tundras y brumas, ásperos y viejos, mucho antes de que existieran el sol y la luna. Pero su anhelo más hondo fue otro: deseó un hijo nacido de la tierra. Descendió a Moirën con una forma parecida a la de Ilüin, destellando una luz azul muy brillante, tomó un puñado de tierra y moldeó un ser casi igual a los elfos, aunque de orejas más curvadas; le sopló su aliento, le tocó el pecho y le entregó parte de su helada energía suprema. Lo llamó Ezra, el primero de los magos, y desde entonces una luz violeta lo acompañó. De ella heredaron los magos la curiosidad y la costumbre de invocar su energía cuando ella ilumina la noche.

Cuando descubrió el mal de Goren y las criaturas nacidas al margen de la perfección de los supremos, descendió en su forma moireana para confrontarlo. Horrorizada ante su aura del todo oscura, se lanzó contra él convertida en trueno; pero Goren, con una piedra tallada en su mano, le robó el poder y la mató junto a Galuin. De toda su energía perdida solo quedó la luna, que aún vigila la tierra de noche, susurrando junto a las estrellas, recorriendo el cielo en sentido contrario al sol, condenada por el orgullo de los supremos a no cruzarse con él más que en los eclipses.