El pantano · las hadas
Mindrael
rey de las hadas
Cuando Drael terminó de llenar la tierra de bosques, valles y praderas, quiso para sí criaturas tan perfectas como las que Möir había moldeado; tomó entonces un poco de tierra, la mezcló con su energía creadora y dio vida a unos seres de orejas puntiagudas y alas pequeñas, capaces de surcar los aires y de mudar de tamaño, tan altos como un elfo o tan diminutos como un grano de arena. El primero de todos fue Mindrael, hijo de Drael, rey de las primeras hadas que habitaron Moirën. De su padre heredó el aura dorada, y a su paso dejaba una estela luminosa y un sonido hermoso a los oídos de cuanto vivía. Habitó junto al árbol de su padre, al norte de las Tierras Altas, en los bosques de Drael, y con el tiempo su magia intoxicó aquel bosque del norte hasta hacer nacer el pantano que aún es morada de las hadas, la ciudad que llamaron Drael Mor Den, «el árbol que respira».
Es Mindrael el más antiguo de los primeros hijos de los dioses que todavía camina por Moirën, y de los poquísimos que jamás olvidaron a Goren. Halló en la vejez una sabiduría que ni elfos ni magos alcanzaban, y enseñó a Briela y a Ezra sobre los tiempos antes del tiempo y sobre el poder que brotaba del árbol que su padre dejó en la tierra. Junto a ellos ideó el plan de contener los espíritus de los dioses en piedras preciosas, y a la búsqueda de la sombra aportó sus hadas; presenció desde la distancia, al lado de Briela, la batalla final de Ezra. Más tarde, cuando los líderes de los confines llegaron a las puertas de Elorem y se formó el concilio, fue bajo su tutela —la del más antiguo— que los siete reyes prometieron usar siempre la magia para proteger la tierra.
Mindrael es de la primera estirpe divina, y por eso no muere como mueren los mortales. Cuando el quinto Gran Torneo de Tehrhrad lo llevó al corazón de los hombres, invitado por Yluvia, entregó a la reina la hoja de Drael Mor Den con el conjuro «Drael un Möir min, Biriellaën gad Ilüin madhian… draen den rael, ildrael dan galvaen» —«De los hijos de Möir y Drael, en el corazón de Briela está la magia de Ilüin… el que deba ser creado, que nazca del amor jamás pensado»—, y ordenó a su pupilo Etiel proteger a la reina. Al ceder el collar a Yluvia, sin embargo, entregó con él la magia que lo anclaba a la vida, la suya y la de Briela; por eso, cuando Branislav lo apresó, bastaron diez azotes para acabar con su forma terrena.
Pero su espíritu no se extinguió. Lo que en otros sería muerte, en él fue solo el desprendimiento de una forma: su energía se liberó y regresó a Moirën, y su cuerpo se deshizo en polvo brillante, fiel hasta el final a la estela luminosa con que había nacido. Antes de partir, su espíritu y el de Briela quedaron sellados en la hoja del árbol de su padre, al cuidado de Amonar, de modo que el rey más antiguo de Moirën siguiera presente, como semilla y advertencia, mucho después de que su voz se apagara.