Orden de los Magos de Elorem

el Lobo Azul

el hechicero de Elorem

Hay quien no cabe del todo en una sola forma. El Lobo Azul vive entre dos pieles: a cuatro patas es lobo —el pelaje azul y plateado, casi un metro de alzada, el rostro ancho cruzado de viejas marcas de lucha entre el hocico y los ojos—; erguido es hombre —de casi dos metros, envuelto en un manto de piel de lobo, los ojos del color de la luna y la mirada absorta de quien hace mucho dejó de pertenecer al mundo de los hombres—. Su voz es fuerte y demandante, y nadie en Moirën recuerda ya su verdadero nombre: solo el que se ganó.

Fue aprendiz de brujo en tiempos antiguos, cuando el pantano apenas nacía en el bosque de Mindrael, y de aquellos días le quedó la memoria entera de lo que el resto del mundo prefirió olvidar: la traición de Anael, el engaño de Goren, el sacrificio de Briela y Ezra, el conjuro con que Amonar reencerró a la sombra. Mientras los hombres y los elfos discutían si la profecía era leyenda, él la guardaba viva en las ruinas de Elorem, esperando.

Esperaba a Yluvia. Cuando la reina llega por fin a la ciudad muerta de los magos, es el Lobo Azul quien la recibe, quien le devuelve la historia que nadie quiso contarle y quien, mirándola, reconoce en lo que ella lleva dentro a la portadora de las cuatro piedras anunciada por Ezra. No la salva ni la guía después: solo le entrega lo único que tenía para darle —la certeza de que la niña que aún no nace es la última esperanza de la tierra— y con esa revelación se cierra el primer libro de la saga.