La sombra

Goren

la sombra · el desolador

Goren no fue creado para amar, sino del despecho. Cuando Nivaen dio vida a Ezra sin contar con él, Galuin, herido y celoso, descendió a Moirën y moldeó su propia criatura; pero la llenó de tristeza, de desolación, de ira y de fuego. Así nació la sombra: un ser semejante a los demás hijos de los dioses, pero con un aura entre roja y negra, y un corazón que no sabía crear, solo corromper.

Donde sus hermanos daban vida, Goren la deshacía. Aprendió a absorber la energía de cuanto vivía y a rehacerlo a su imagen: convirtió aves en dragones y osos en osgorenos, corrompió a los jinetes de las praderas, y abrió a su paso la Ruta de Undur, el camino donde todo muere. Su mayor arma, sin embargo, no fue la fuerza, sino el engaño: con la voz de Nivaen embaucó a Ezra para que creara a los hombres, y con la de Galuin envenenó después el corazón de aquellos hombres contra los dioses.

Su crimen no tuvo igual. Cuando Galuin y Nivaen bajaron a confrontarlo, Goren les robó el poder con dos piedras talladas por su mano y los mató; del cielo solo quedaron el sol y la luna, y aquel día se recuerda como el Eclipse de Goren. Pero su victoria fue breve: Ezra lo persiguió hasta el desierto y lo encerró en la roca negra de las Montañas Rocosas.

La piedra, no obstante, nunca fue una tumba, sino una espera. En la Guerra de los Olvidados, la mano de Anael violó su prisión, y solo el joven Amonar logró encerrarlo de nuevo. Y siglos más tarde, en el quinto Gran Torneo de Tehrhrad —el año en que 228 D.G. se volvió 0 D.R.G.—, la sombra despertó del todo: hizo erupcionar la Montaña de Fuego y hundió el valle, que desde entonces no tiene otro nombre que el Valle Sombrío.

Con todo, la sombra tiene un límite que los pueblos aprenderían a aprovechar: Goren no avanza bajo la luz del día. Cuando el sol despunta en el alba, su poder se repliega y debe aguardar; por eso el amanecer da cuartel a quienes huyen, y la noche es siempre su hora.