Corte de Tehrhrad
Foldan
la tabernera de Tehrhrad
En la vieja Tehrhrad, la posada de Foldan era parada obligada para quien conocía el valle, y su dueña, una elfa de más de mil quinientos cincuenta años, la regentaba con la misma mano firme con que servía el mejor guisado de venado de toda la región. Carga a la espalda más batallas de las que cuenta —nadie sabe en qué guerras sirvió la vieja espada que hoy cuelga sobre su chimenea, ni si fueron gloriosas o de las otras—, pero hace mucho que cambió el filo por el cucharón: hoy su renombre lo gana en el hogar y el caldero, no en el campo.
Había llegado a la ciudad en tiempos de Vladia Tvrdon, bajo cuyo gobierno echó raíces, y los siglos la habían vuelto memoria viva de Tehrhrad. Entre sus parroquianos contaba a Gharib, el contrabandista, a quien conocía desde que era un crío de quince años y tenía por amigo a su manera, recurriendo de cuando en cuando a sus arreglos sin hacer demasiadas preguntas.