Orden de los Magos de Elorem

Ezra

el primero de los magos

De toda la creación de Nivaen, ninguna obra llevó tan adentro su sello como Ezra. La diosa fría descendió a Moirën con una forma parecida a la de Ilüin, tomó un puñado de tierra y lo moldeó tan alto como un elfo, aunque de orejas más curvadas; le entregó parte de su helada energía suprema, y desde entonces una luz violeta lo acompañó a donde fuera. Nació cerca de Elorem, entre los elfos, y heredó de su madre lo único que ella no podía contener: la curiosidad.

Fue Ezra quien enseñó a los magos a guardar el saber en la piedra, quien levantó la biblioteca de Elorem y quien, noche tras noche, mientras Nivaen flotaba entre las estrellas, estudió la energía del mundo hasta volverse el más sabio de cuantos lo habitaron. Pero esa misma sabiduría lo hizo vulnerable: disfrazado de Nivaen, Goren lo engañó para que diera vida a una especie nueva y sin magia —los hombres—, y así sembró, sin saberlo, una de las semillas del dolor de Moirën.

Cuando comprendió el alcance del mal, Ezra concibió el plan que ningún otro se atrevió a pensar: contener los espíritus de Möir y Drael en piedras preciosas. Con el báculo que le forjaron los enanos y las dos piedras de los dioses, persiguió a la sombra hasta el poniente y, tras una batalla de días, la venció: le arrancó las piedras robadas y la encerró en la roca negra de las Montañas Rocosas. Fundó entonces la Orden de los Magos de Elorem, para que el mundo no olvidara que el mal seguía dormido bajo la tierra.

Su última obra fue una profecía. Tomó las cuatro piedras —el espíritu de los primeros dioses y el de sus hijos— y, entregando hasta su propia energía, anunció que entre los hombres nacería una mujer capaz de portarlas todas: la que vencería a Goren de una vez por todas. Su cuerpo se desvaneció, y su espíritu se esparció por todos los confines de la tierra.