Segundos dioses
Drael
el padre de los bosques · el árbol dorado
Drael nació del segundo amor de los supremos, cuando fue Galuin quien absorbió la energía de Nivaen. Vino al mundo con la forma de un árbol dorado, con hojas de metales que colgaban de su cabeza y, en su interior, semillas y raíces como rayos azules que generaban nuevas hojas con cada chispazo. Distinto a su hermano Möir en aspecto, pero unido a él por un mismo corazón, el de Galuin y Nivaen. Cuando los supremos quisieron que sus hijos habitaran la tierra que habían formado, Drael no dudó: su energía giró a su alrededor hasta compactarse en una semilla dorada que descendió del vacío y se hundió en la masa con un estruendo, resquebrajándola.
Allí permaneció hasta que las aguas de Möir tocaron la semilla. Un gran destello brotó desde adentro, un tallo dorado se elevó hasta lo alto y, renacido de su capullo, Drael resurgió en su forma suprema, generando a su paso flores, pastos, hierbas, árboles frutales y veredas. Así nacieron los bosques, y él se volvió su padre. Tomó después un poco de tierra y la mezcló con su energía para dar vida a seres de orejas puntiagudas y alas pequeñas, capaces de cambiar de tamaño: el primero fue Mindrael, rey de las primeras hadas, que heredó su aura dorada. Y cuando su árbol llevó las ramas hasta el núcleo de Moirën y de la Montaña de Fuego brotó la lava, moldeó a Aber, el primer enano, conocedor del corazón de la tierra.
Su árbol, Drael Mor Den —«el árbol que respira»—, quedó como fuente de la última magia de la tierra; de su hoja procede el poder sellado de Briela, que llega por hilo espiritual hasta Anmara. Tras la muerte de los supremos, Drael acompañó a su hermano Möir en el último sacrificio: entregó su espíritu a una de las piedras de poder para que Ezra pudiera derrotar a Goren.