Reino élfico de Ilüin
Briela
la reina de los elfos · la de la profecía
Ilüin, la primera criatura antropomorfa de la tierra, dio vida a muchas hijas, pero a ninguna amó como a Briela, la más valiente de todas, a quien transfirió gran parte de su poder. Cuando el cuerpo de la elfa madre envejeció sin llegar a morir, Ilüin prefirió transformarse en un haz de luz antes que apagarse; y aquel haz no se perdió entre las estrellas, sino que descendió a habitar dentro de su hija. Así terminó la era de la primera reina de los elfos y comenzó la de Briela, que llevaba a su madre encendida en el pecho y reinaba sobre los pueblos del Bosque de Ilüin con la luz de dos generaciones a la vez.
Briela no fue una reina de salón. Sabía, como lo sabían Ezra y Mindrael, que la sombra de Goren no podría derrotarse sola, y fue de los tres aliados que, aprendiendo de lo que el engañador había hecho con las piedras, idearon el plan de contener los espíritus de los dioses en piedras preciosas únicas, talladas en el corazón de Moirën. A la larga búsqueda de la sombra aportó parte de sus elfos, que recorrieron la tierra junto a las hadas de Mindrael siguiendo el rastro de Ezra. Cuando llegó la batalla final en los desiertos del poniente, ella y el rey de las hadas la presenciaron desde la distancia, esperando en silencio que el más sabio de los magos venciera al enemigo de toda la creación.
Su don más hondo, sin embargo, no fue el poder heredado ni la guerra, sino una visión. De vuelta en la ciudad de Ilüin, descansando a orillas del lago Ter Ilüin, Briela tuvo una epifanía que le concedió la luna: una profecía que enmudeció a los elfos que la acompañaban. Anunció que un día la sombra se levantaría de su mayor oscuridad y cubriría el gran valle, la pradera, los bosques, el desierto, las montañas y las costas; que sería el día en que la magia hubiera desaparecido, y que ese día Goren despertaría. Desde entonces sus palabras quedaron como advertencia tendida sobre los siglos, un reloj contado en magia que se agota.
Y aunque su linaje no se prolongó por la sangre, sí lo hizo por un hilo más sutil. Su poder quedó sellado en la hoja del árbol Drael Mor Den —la última magia de la tierra—, junto al espíritu de Mindrael y al cuidado de Amonar. Por esa hoja, y no por descendencia, la herencia de Briela atravesó los siglos hasta llegar a Yluvia y transferirse después a Anmara, la semilla de esperanza que su propia profecía había anunciado. La reina que albergó a su madre se volvió, a su vez, raíz lejana de la mujer que habría de cumplir la luna.